El 8 de noviembre de 1926 el intelectual y diputado opositor italiano Antonio Gramsci fue arrestado ilegalmente por el régimen de Benito Mussolini. La persecución política fue uno de los sellos del régimen.

Durante más de veinte años de Mussolini al poder se asesinaron no menos de 400.000 personas y se proscribió al total de la oposición política. Su dictadura emplazó campos de concentración, mató civiles de hambre, mató civiles con armas químicas.

Gramsci fue condenado a 20 años de prisión. En cautiverio y entre 1929 y 1935 escribió 2848 páginas de anotaciones que son conocidas como Los Cuadernos de la Cárcel. De una de esas anotaciones sale esta la famosa frase:

«El viejo mundo muere. El nuevo tarda en aparecer. Y en ese claroscuro surgen los monstruos».

En 1937 Antonio Gramsci muere en prisión. Poco después explota la Segunda Guerra Mundial ( 1939-1945)  Mussolini junto a Hitler, Tojo, Stalin, Roosevelt y otros son los grandes animadores del conflicto. Mueren aproximadamente 70 millones de personas. Un viejo mundo muere.

Y el nuevo tarda en aparecer…Estados Unidos y la Unión Soviética derrotan a los nazis. Estados Unidos arroja dos bombas atómicas sobre Japón que asesinan 400.000 personas. Con la retirada nazi, la comunidad internacional descubre los grandes campos de concentración, las fábricas de muerte diseñadas para exterminar al pueblo judío, Auschwitz, el más tristemente celebre.

Años antes, en 1933 el filósofo alemán de ascendencia judía, Theodore Aodrono pierde su permiso para ser profesor universitario y debe marchar al exilio. Adorno señala a Auschwitz como el fracaso de la civilización ( el viejo mundo que muere ) y agrega que la nueva meta, el nuevo deber del hombre debe ser no repetir Auschwitz ( lo nuevo que tarda en aparecer )

Adorno también declara:

«Escribir poesía después de Auschwitz es un acto de barbarie»

La frase hoy suena un poco rimbombante, obsoleta. Sobre todo porque se han escrito millones de poesías después de Auschwitz. Si la trabajamos un poco nos lleva a múltiples ideas:

Lo más profundo que deviene de esta idea es que el arte, la cultura, la poesía han sido parte de la civilización que llevó a Auschwitz, no son una entidad aparte o una entidad en conflicto, y si bien no han sido necesariamente cómplices han sido como mínimo impotentes para evitar la tragedia, por ende para no repetir masacres como el Holocausto o las Bombas de Hiroshima y Nagasaki, no se requiere solo un replanteo de las políticas militares de los estados, sino de toda la civilización, de las cosas “bellas” o “buenas” también.

Lo segundo y más cotidiano que se desprende del planteo de Adorno es un pequeño ejercicio ético de pensar:

 ¿Sirve para algo mi poema, mi texto, mi cuadro, mi canción? 

¿Sirve para algo un poema sobre el genocidio en Gaza o las grandes atrocidades del mundo actual?

Un debate sobre si el pensamiento y el arte sirven como herramienta política de lucha o son solo una distracción o una vaguedad que en realidad perpetúan el status quo. Si lo que realmente y únicamente hay que hacer es pasar a la acción, la organización política concreta, armar protestas y revoluciones, cargar un arma y disparar en la frente que corresponda…¿Sirve para algo este texto? Seguramente no.

Desde Auschwitz se escribieron millones de poesías, se llevaron a cabo sobreabundantes expresiones artísticas e intelectuales. Desde el segundo cero, un nuevo Auschwitz se fue cimentando con violencia, crueldad y muerte. La represión en Argelia, los gulags de la Unión Soviética, las guerras de Corea, Vietnam y Camboya entre tantos desmanes y latitudes.

Así como Mussolini encarceló a Gramsci, los Estados Unidos de los 70s buscaron frenar “el avance del comunismo” en Latinoamérica. Un programa que los llevó a erguir y promover las más sanguinarias y abyectas dictaduras del continente.

Entre 1976 y 1983 llegó al poder en Argentina una dictadura conocida como el Proceso de Reorganización Nacional. Una gestión infernal que mató por la espalda, violó adolescentes y robó bebés recién nacidos. Una runfla demoníaca que dejó un saldo de 30.000 desaparecidos y 649 argentinos muertos en la sinsentido Guerra de Malvinas, más otros 600 ex combatientes que se suicidaron por el trauma post guerra en los años posteriores.

Eludiendo la censura del Proceso, en 1979 el cantor popular León Gieco publica la canción “Solo le pido a Dios”. Esta dice:

“Solo le pido a Dios que la guerra no me sea indiferente,es un monstruo grande y pisa fuerte,toda la pobre inocencia de la gente”

La canción de Gieco es metafórica ( es probable que por el contexto de persecución política de la época ) y señala a la guerra toda como un monstruo. Esto es interesante si pensamos en Adorno, donde lo que provoca Auschwitz no es ,solo Hitler, sino un todo que fracasa. El monstruo es también la civilización, la guerra, Auschwitz.

Bajo esa lente podemos también volver a Gramsci, el viejo mundo que muere y el nuevo mundo que no termina de aparecer, no como una dialéctica de la que resulta el monstruo, sino el contexto monstruoso, el claroscuro donde los monstruos habitan, aparecen.

Por otro lado y dentro del mismo movimiento – rock nacional o rock argentino – en 1995, ya en democracia, la banda Los Fabulosos Cadillacs publica la canción Mal Bicho. 

La palabra bicho es interesante, habla de algo que no es humano pero tampoco merece la pena darle una nomenclatura animal, algo, no es una rata, una comadreja ni una cucaracha, es un bicho. Aquello en lo que se convierte Gregorio Samsa en La Metamorfosis, texto de 1915,  sea probablemente un bicho, un «ungeheures Ungeziefer» en el alemán original.

Un mal bicho, habla ya de un monstruo de la más patética laya infernal, aquí encarnado por un ser humano o capaz mejor dicho por un antropomorfo. Hablábamos antes de ellos explícita o implícitamente: Hitler, Mussolini, Stalin, Videla o Galtieri, por qué no pensar en Truman que decidió tirar dos bombas atómicas sobre Japón. 

En definitiva, distintas posibilidades de la monstruosidad.

Para terminar, ya en nuestros días y siguiendo en Argentina, el otro día estaba haciendo un asado con un amigo acá en la terraza. Mientras se asaba la carne tomábamos unos mates en las reposeras, charlábamos y humildemente filosofábamos un poco. El me dijo algo que consideré muy cierto:

“Hoy nadie se imagina el futuro”

Es verdad. Hoy no vemos imágenes del futuro, como veíamos en piezas como los Supersónicos o Volver al Futuro 2, o Blade Runner y Terminator. No hay utopías marxistas, hippies o anarquistas, ni visiones de holocaustos bíblicos o nucleares que tomen el centro de la conversación. Lo nuevo no se nos figura, tarda en aparecer.

Si lo nuevo tarda en aparecer y  lo viejo muere,  se me ocurren dos preguntas para hacer.

La primera es… En los últimos años, meses, semanas, días, capaz ya ahora en el 2026…

¿Alguien vio algún monstruo suelto por ahí?

Y la segunda, mucho más importante…

¿Cómo se los mata?

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