Hace unas semanas falleció una vecina. Una señora muy agradable, abuela de unos amigos y que era la dueña de la casa donde vivo hoy en día. Mi casa está en una propiedad horizontal en la zona norte del conurbano bonaerense.
Unos días atrás me la había cruzado en el largo pasillo común de la propiedad. Barría las hojas secas ( terminaba el invierno ) y la ayudé a sacar las grandes bolsas llenas de hojas que había juntado, hasta la vereda.
En la esquina de la calle Franklin hay un roble alto, lo puedo ver ahora desde el patio donde escribo. El viento de una tormenta se había llevado todas sus hojas secas y arrojado con suavidad en el pasillo. Nota aparte: tengo la teoría de que en Buenos Aires hay más viento que antes… Sigo…
…Tras barrer durante casi una hora la mujer se acercó y me dijo, un poco en forma de queja, un poco en sentencia filosófica:
“Tenemos que ocuparnos de lo que no es de uno”
Otra mañana escuchaba “Artaud”, el disco de Spinetta (firmado como Pescado Rabioso) que para muchos – para mi también – es el mejor disco del rock nacional.
El primer tema del disco se titula y canta en su estribillo “Todas las hojas son del viento”
Las hojas que se llevó el viento, no las barrió el árbol, tampoco la municipalidad, tampoco el viento mismo, las barrió ella, pienso, mientras el viento sopla, ahora, al anochecer.
Pasamos la vida ocupándonos mayormente de lo que no somos, sea de lo que nos trae el viento, la naturaleza, o de lo que nos trae esa otra gran fuerza, que son los demás.
Desde que nacemos hasta que morimos, podemos hacer muchísimas cosas con nuestro lomo, nuestra mente, nuestras manos, pero el resto del universo siempre está metiéndose en nuestra vida, como una hoja seca que entra sin permiso por la ventana…
…Puede entrar una sola hoja, o cubrirse el pasillo de follaje…Es la gran tensión de nuestras vidas.
Todo lo que hacemos y todo lo que hace el universo, a veces en tensión, a veces en sintonía. Universo ordenado, universo en caos, nuestra vida predestinada al detalle, nuestra vida en nuestras manos.
¿Para qué hacer las cosas si el viento un día puede entrar por la ventana en forma de vendaval y arrasar con todo?
Capaz todo eso que hemos hecho con nuestras manos, nuestro tiempo, nuestro amor, el viento ayude, como a las hojas, a llevarlo al lugar indicado.
La ilusión de que al haber hecho lo que sentíamos debíamos hacer con nuestra vida, podamos fundirnos, en el viento que sopla, por el conurbano bonaerense.

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